Tres décadas de vida marcaron un punto de quiebre en cómo Bruno Orsatti ve su cumpleaños. Dejó de ser un número en el calendario para convertirse en una pausa reflexiva sobre lo logrado. Hoy, coordinador de los laboratorios de ingeniería del ITAM, celebra ese cambio de perspectiva con la claridad que trae la edad: cada año merece ser celebrado.
Tradiciones nuevas
Bruno recuerda con cariño su cumpleaños treinta. Ese día había planeado quedarse en casa, hacer algo pequeño. Su esposa insistió en salir, en ir a comer con sus papás. Lo que realmente lo sorprendió vino después: cuando regresaron a casa, lo esperaba su primera fiesta sorpresa, con algunos de sus amigos más cercanos. Para cerrar la noche, fueron a un concierto. Fue el día en que Bruno entendió que cumplir años no es trivial: merece ser celebrado.
Desde entonces, Bruno prefiere pasar su cumpleaños rodeado de sus seres queridos: su familia, su esposa, sus amigos cercanos. Valora también a quienes se toman el tiempo de saludarlo, especialmente quienes escriben apenas pasada la medianoche. «Saber que hay gente esperando ese momento para saludarte, que es genuino», dice, hace toda la diferencia.
Su postre favorito es simple y específico: cheesecake clásico. Pero lo que realmente marca sus cumpleaños es la tradición de su abuela, quien prepara bacalao, el platillo insignia de esos días.
Crecer con otros
Ese cambio de perspectiva en sus treinta años no es aislado. Bruno lleva casi un año como coordinador de los laboratorios de ingeniería del ITAM. Más de una década después de graduarse, con maestría en ingeniería biomédica, decidió entrar al instituto para acompañar a estudiantes en sus proyectos.
Los momentos que pasa con ellos combinan risa y preocupación común por lo que están construyendo. Platicar con los alumnos le funciona como retrospectiva: recuerda su propia etapa universitaria. «Ya pasaron más de diez años de que salí de la carrera y he aprendido mucho», reflexiona. De ahí surge cómo entiende su rol: «Ofrecer mi energía a que los alumnos se desarrollen y que sigan creciendo». Ha formado vínculos cercanos también con compañeros académicos y administrativos, gente que comparte su propósito diario.
Nunca detenerse
Ese rol de acompañar ha traído consigo un aprendizaje que Bruno comenzó a vivir desde su cumpleaños treinta: nunca hay que detenerse por prejuicios o por la idea de que uno no es capaz. Ese día, descubrió que el cambio llega cuando nos permitimos ser sorprendidos. «Uno nunca sabe el resultado y puede ser mucho mejor de lo que uno puede prever o que justamente la ansiedad mental provoca», dice. Esa enseñanza lo define ahora: la convicción de que cualquier cumpleaños es un momento para seguir creciendo.
Su reflexión sobre el paso del tiempo lo captura así: «El valor que tiene la vida conforme va pasando los años es que nunca nos paramos, nunca nos detenemos de crecer».
¡Feliz cumpleaños, Bruno! Que este nuevo año de vida esté lleno de cheesecake, bacalao, buenos momentos con estudiantes y compañeros y muchos instantes para seguir creciendo.

