En Mayo festejamos a José Salvador García

José Salvador García no es de muchas palabras. Es una de esas personas que, aunque caminen en silencio entre mesas llenas de estudiantes y profesores, dejan una huella que se siente, como el aroma del café recién servido o el suave sonido de las copas al chocar. En los pasillos del ITAM, algunos lo llaman “Pepillo”, otros simplemente “José”. Lleva tiempo aquí, un viaje que comenzó en la cafetería, antes de encontrar su lugar como mesero en los eventos que dan vida a esta universidad.

Pero detrás del uniforme impecable y el paso firme, hay un hombre sencillo y reservado, un hombre que, aunque no siempre lo diga, encuentra fuerza en cada día por su familia. Al preguntarle qué lo motiva a levantarse cada mañana, su respuesta es inmediata: su esposa y sus dos hijas. Son su brújula, su ancla y su motor. Es por ellas que sigue adelante, con la misma disciplina con la que carga bandejas pesadas y mantiene una sonrisa discreta mientras pasa entre las mesas.

Para José, los eventos no se miden en números ni en mesas atendidas, sino en las personas que pasan frente a él. Alumnos que un día pidieron un café nerviosos antes de un examen y que años después regresan como exalumnos, con trajes bien planchados e historias de éxito en sus bolsillos. Esos reencuentros le dan un gusto especial: verlos hechos, convertidos en lo que alguna vez soñaron ser. Es como si, de alguna forma, él también hubiera sido parte de ese viaje.

Cuando se le pide que describa su tiempo en el ITAM en tres momentos, le es imposible ya que para él, cada día tiene su peso, cada conversación cuenta, cada sonrisa es un pequeño triunfo. Pero hay una memoria que, aunque no tiene que ver con el ITAM, guarda como un tesoro. Recuerda un cumpleaños en su natal Veracruz; él viene de una familia de escasos recursos, donde los regalos y los pasteles no siempre llegaban. Sin embargo, ese día fue diferente. Sus maestras, sin aviso, le organizaron una pequeña celebración con dulces y sonrisas. “Algo maravilloso, que te sientes bien”, dice con una mirada que parece viajar al pasado, al niño que era, al niño que quizás sigue siendo.

Hoy, José encuentra paz en el silencio. Cuando le pregunto qué le diría a su yo pequeño, se queda callado. Es un momento íntimo, una pausa en el ruido de la cafetería. Sus ojos se pierden un instante, como si buscara la respuesta en algún rincón de su memoria. Tal vez, en ese silencio, ambos se encontraron y se dieron un abrazo silencioso, uno que no necesita ser contado para ser real.

José Salvador García quiere ser recordado por algo positivo. Quiere que los que lo rodean lo recuerden como alguien que dejó una buena impresión, como alguien que aportó algo bonito y padre a este lugar. “Que se la pasen super”, dice, dirigiéndose a los cumpleañeros del ITAM, “estamos en un ambiente muy bonito y es algo padre trabajar aquí”.

Y aunque nunca se imaginó trabajando en una universidad como esta, hoy agradece el camino que lo trajo hasta aquí. Porque en cada plato servido, en cada paso dado entre las mesas, hay una historia que, aunque reservada, merece ser contada.

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