Hay quienes cruzan los pasillos del ITAM sin dejar rastro, y hay quienes los sostienen sin ser vistos. A Héctor muchos lo conocen de nombre, lo saludan de pasada, le escriben por dudas o fallos técnicos… pero pocos podrían decir exactamente qué hace. Y sin embargo, ahí está. Siempre ha estado.
Primero fue alumno. Después asistente. Se fue un tiempo y, como esas cosas que llaman destino, volvió. Hoy es Coordinador Banner, pero eso apenas dice algo.
“Banner es toda una experiencia… conecta todas las áreas del ITAM.”
Lo dice sin tecnicismos, pero con convicción. Para él, más que un sistema, es un engranaje que mantiene viva la estructura de la escuela. En pocas palabras: es la columna vertebral silenciosa del ITAM. Cuando funciona, nadie lo nota. Cuando falla, todos se acuerdan de él.
Alguna vez dio clases —desarrollo de aplicaciones móviles— y recuerda con cariño la última vez que lo hizo. “Me agradecieron mucho… eso fue padre”, dice con una sonrisa que no necesita énfasis. Es la sonrisa de quien no busca el reflector, pero encuentra en los detalles el motivo para seguir.
Hay días en que todo se complica. Días de nóminas, de caja, de recursos humanos, de reportes que se cruzan con tesorería y con contaduría. Días en que, sin querer, hasta terminan apoyando a seguridad. Pero cuando eso pasa, cuando todo parece más grande que el mismo sistema, Héctor piensa en su familia. Lo dice sin dudar. Ahí está su fuerza.
Cuando apaga la computadora, en realidad no desconecta: cambia de misión. Llega a casa y escucha a sus hijos —de 9 y 11 años— contarle cómo les fue en la escuela. Ellos también le preguntan cómo le fue a él. “En las tardes me dedico a ellos”, dice, como si fuera lo más natural del mundo. Lo dice con la misma seguridad con la que cuenta que su hijo menor toca el piano y el violonchelo, y el mayor la guitarra y el violín. “Nadie se los pidió, lo hacen por gusto”, aclara con orgullo. “Solo los obligo a hacer deporte”, remata entre risas.
No tiene postre favorito, pero hay cosas que no le gustan, confiesa, entre carcajadas. Celebra sus cumpleaños en familia, o saliendo a conocer algo nuevo. Y aunque duda un poco, si tuviera que titular este capítulo de su vida, lo llamaría así: “Aprender”.
“Nunca dejas de aprender en la vida.”
Lo dice mirando lejos, como quien lleva años afinando esa frase.
Si pudiera hablar con el Héctor que caminaba por primera vez por los pasillos del ITAM, se diría: “Pon más atención a los detalles”. Como si en el fondo supiera que son esos detalles, justo esos, los que tejen una vida.
A quienes celebran en junio, les deja un mensaje sencillo pero sincero: “Es el mejor mes. Disfrútenlo con su familia, amigos y compañeros de trabajo”.
Y mientras todo sigue su curso —los sistemas, las bases de datos, las reinscripciones, los alumnos que entran y salen sin saber su nombre— Héctor sigue ahí. Sosteniendo, conectando, escuchando. Como un hilo invisible que da forma a todo lo demás.
