La inteligencia artificial no piensa, tampoco siente. Nos imita, pero es incapaz de replicar el complejo razonamiento de los humanos. Su utilidad reside en reforzar nuestra voz, no en aniquilarla.
“Inteligencia” proviene de una voz latina que significa ‘entre leer’. Ser inteligente es leer entre líneas. Por otra parte, “artificial” proviene de artis y facere, ‘arte’ y ‘hacer’. Un poema, una pintura o un tejido no son arte; son “artefactos”, es decir, cosas ‘hechas con arte’. Como los filósofos medievales apuntaban, el arte no está en las cosas, sino en quien las elabora.
El término “inteligencia artificial” lo acuñó John McCarthy, un importante ingeniero en computación, en 1956. A él debemos la resignificación de otro vocablo: “la nube”. IA es un acrónimo. Como OVNI, ONU o ITAM, está formado por las primeras letras de las palabras que lo conforman. ¿Pero qué tan inteligente es la IA?
En 2001, Odisea del espacio, gran novela de ciencia ficción publicada en 1968, Arthur C. Clarke apuntaba ya dos de los principales debates al respecto:
En cada período de guardia, Bowman miraba a la Tierra a través del telescopio. Estaba sembrada de relucientes ciudades; algunas de ellas brillaban con invariable luz, titilando a veces como luciérnagas […] Con un temblor de agradecimiento, Bowman podía vislumbrar a menudo líneas costeras familiares […]; y recordaba noches bajo las palmeras de las lagunas tropicales. No lamentaba en absoluto aquellas perdidas bellezas. Las había disfrutado todas, en sus treinta y cinco años de vida; y estaba decidido a volverlas a disfrutar, cuando volviese rico y famoso a la Tierra. En el ínterin, la distancia las hacía a todas tanto más preciosas. […] Al sexto miembro de la tripulación no le importaban nada todas esas cosas, pues no era humano. Era el sumamente perfeccionado computador HAL 9000, cerebro y sistema nervioso de la nave. HAL era una obra maestra de la tercera generación de computadores. Podía reproducir —algunos filósofos preferían la palabra “imitar”— la mayoría de las actividades del cerebro humano, y con mucha mayor velocidad y seguridad.
La IA no piensa, solo imita el pensamiento. Puede decir cosas inte- resantes, pero no se da cuenta de lo que dice. Habla como un loro: sin conciencia. La IA no siente. Escribe relatos correctos y medianamente ar- gumentados, pero no tienen chispa. Son platos comestibles, pero adere- zados sin gusto: carecen de la sal de la vida. Al filósofo Maurizio Ferraris le oí decir hace un año en Roma que hay que “pensar con piel”. Le copié la idea, y ahora en mis clases repito una y otra vez que debemos “escribir con piel”.
Nada ni nadie puede expresar el dictado de nuestra conciencia como nosotros; tampoco nuestro modo de sentir. Bajo nuestra dirección, la IA es un gran instrumento. Sin ella, abre la puerta a un mundo inmoral e insensible, como si en la “i” de su nombre estuvieran contenidos esos trágicos significados. Por ello, vale la pena recordar que mucho antes de emplearse como acrónimo, “IA” se ha utilizado como una onomatopeya, la del rebuzno del burro: “¡iiiaaa!”. Al final, el dilema es muy sencillo: la IA debe contribuir a que seamos menos burros y más inteligentes, y no al contrario. Debe reforzar nuestra voz, no aniquilarla.
| Javier Martínez Villarroya Profesor Departamento Académico de Lenguas ITAM Universidad de Barcelona Doctorado en Filosofía Licenciatura en Filosofía Licenciatura en Historia Universidad Nacional Autónoma de México Posgrado en Antropología Junto con Margarita Tarragona, Carlos Bosch y Marina Medina de León, es anfitrión del podcast Una palabra ITAM. |

